31 enero, 2019 Fundamento Oliver

La patología de la normalidad

 

Cada vez resulta más complicado encontrar a alguien libre de cualquier diagnóstico o etiqueta. Si es adulto, mujer y edad entre 40-55, el porcentaje se multiplica. Si eres niño, preadolescente o adolescente también. Nadie hoy está a salvo de ser fagocitado por el sistema de salud mental, de pertenecer a algún nicho de mercado farmacéutico o de ser bombardeado con multitud de test (en la red abundan este tipo de instrumentos) con el objetivo de ceder a su presión mediática y engrosar la lista. Recientemente, un compañero comentaba que había sido diagnosticado de PAS (Persona Altamente Sensible).  Tal constructo, bastante de moda ahora por cierto, es acuñado a personas con labilidad afectiva, de pronto sollozo, que se preocupan en demasía por el otro o que sienten compasión  por crímenes perpetrados en humanos o animales. Pareciera que la conducta humana observable está sujeta a todo tipo de escrutinios «científicos» y vigilada hasta la saciedad en aras de una pretendida búsqueda de «explicación científica» y de «remedio curativo» para abordar dicha problemática. No entiendo hasta qué punto está siendo harto complicado encontrar a alguien libre de poseer un diagnóstico, una etiqueta médica y que se encuentre  libre de prescripción farmacológica.

El diagnosticarnos unos a otros se ha convertido en vox populi...»Oye a tu hijo le pasa algo. Le cuesta hacer mucho los deberes y no deja de distraerse. ¿No será que tendrá el TDAH?» Es un ejemplo que he oído y sigo oyendo en un tono familiar , franco y distendido.

¿Será normal adaptarse a los parámetros convencionales de una sociedad sin importar si dicha sociedad está sana o enferma? Creo que no podemos abstraernos del contexto sociocultural en que vivimos. Opino que no podemos obviar como nos afectan la revolución tecnológica de los smartphones, la precariedad laboral, la crisis de las parejas y el estado psicológico de los padres, la falta o déficits de comunicación en las relaciones interpersonales o el choque de valores intergeneracional existente, por citar solo algunos ejemplos.

Si queremos rescatar al sujeto, su singularidad, su subjetividad y su potencial idiosincrasia, no podemos doblegarnos a los standares y múltiples «techos» que nos limitan y cercan. Confío demasiado en la creatividad y la genialidad humana (máxime la del niño y la del adolescente) para conformarme y agachar mi cabeza.

Como dice Mark Twain: » cada vez que se encuentre del lado de la mayoría, es tiempo de hacer una pausa y reflexionar».

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