¿Qué es el TDAH?

¿Cómo se diagnostica?

El TDAH es el trastorno de  déficit de atención con tres subtipos: inatención,  hiperactividad e impulsividad y combinado. Se diagnostica tomando como referencia los manuales de clasificación DSM-V (última versión, aunque la más criticada por conflictos de interés) o la anterior versión DSM-IV-TR o el CIE-10. También existen pruebas como las escalas Conners, el EDAH o el SNAP-IV…Test que describen un listado de comportamientos que exhiben los niños y del que hago un resumen ya que el contenido de dichas frases es idéntico en las diferentes pruebas o manuales nombrados:

-A menudo no presta atención suficiente a detalles e incurre en errores por descuido en tareas es colares, trabajo u otras actividades.

-A menudo no sigue instrucciones, no finaliza tareas escolares, encargos u obligaciones en el centro de trabajo.

-A menudo tiene dificultades para organizar tareas y actividades.

-A menudo abandona su asiento en la clase o en otras situaciones.

-A menudo tiene dificultades para aguardar turno.

La cuestión que suscita en mí estos ítems es:

-¿Cuánto es “a menudo”? ¿Dos veces al día? ¿Tres veces cada hora?

-¿El ambiente es favorable en todo momento para el niño y no debería portarse mal?

-Los ítems aparecen redundantes, vagos e imprecisos y con cierto carácter tautológico, ya que algunos de ellos abarcan a otros más.

-En cuanto a la duración: ¿5 meses y medio no es trastorno? ¿ y  6 sí?

Cualquier niño o adolescente cumpliría estos amplios criterios ya que permiten calificar a cualquier niño como problemático.

-Considera el autismo como comorbilidad en vez de diagnóstico de exclusión.

-Aparición de la comorbilidad del Trastorno Bipolar junto al TDAH.

Es decir, que el TDAH a partir de ahora puede aparecer junto  al Trastorno Bipolar y al Trastorno del Espectro Autista.

-El TDAH se define al igual que el TEA (Trastorno del Espectro Autista) como trastornos del neurodesarrollo, eso significa que tienen origen biológico, son crónicos y necesitan medicación en la mayoría de las ocasiones para restaurar el problema existente.

En consecuencia se introducen cambios que facilitan la expansión de la prevalencia del trastorno. Y así se ha podido constatar en los centros educativos con un aumento flagrante de niños diagnosticados con TEA y TDAH. Y menciono niños, porque hay una preponderancia de chicos respecto a  chicas de 5 a 1 en las dos etiquetas anteriores.

¿Será una cuestión cultural el que los chicos o adolescentes continúen exhibiendo “más su comportamiento disruptivo”, “exterioricen más sus conductas” y sean más visibles al ojo clínico que las chicas y, por tanto constituyan una cifra superior de niños con TEA y TDAH?

Parece que  la adolescencia,  esa gran etapa universalmente reconocida por su esencia creativa, por sus grandes contribuciones a la ciencia, al arte o a la tecnología queda reflejada según el prisma anterior como problemática y sensible para padecer algún trastorno…Y es que nos envuelve  una atmósfera donde domina el miedo, el control social y la patología. Cursos, formaciones, posgrados, conferencias alrededor de la infancia y la adolescencia, donde los títulos van apellidados de trastorno, discapacidad, déficit…

Si creemos que los niños y adolescentes tienen todas estas etiquetas, nosotros padres y adultos, adecuaremos nuestras expectativas a esta realidad y por otra parte crearemos criaturas indefensas.

Si admitimos que los trastornos del neurodesarrollo y de la conducta promulgados en el DSM-V tienen su origen en un supuesto desajuste químico cerebral (de ahí la palabra neuro) y que se caracterizan por su cronicidad y prescripción farmacológica de por vida, apañados vamos. Primero, porque se trata de una hipótesis –la del desequilibrio químico, que no está demostrada científicamente – y en segundo lugar, porque la asociación APA redactora del DSM (American Psychiatric Association) ha sido denunciada en varias ocasiones por continuos conflictos de interés con empresas farmacéuticas.

Hay necesidad de escuchar al niño, al adolescente y a las familias. Madres y padres preocupados  que sufren porque quieren lo mejor para sus hijos y me consta que hacen todo lo que pueden y lo mejor que saben. Muchas veces impotentes ante la espiral de cambios a su alrededor. En una sociedad del rendimiento y del consumismo donde vivimos con impaciencia, conectados y actualizados de “información” cada segundo y con la exigencia de encontrarnos siempre en “polo positivo”. Nos vendieron que hay que ser felices y hay que procurar felicidad. Y esto, claramente no es humano. Dicha cultura del sentimentalismo, la diversión, la distracción y el éxito rápido provoca que no se valore el esfuerzo y el sacrificio. Valores tan necesarios hoy en día en el entorno familiar, social y sobre todo en el contexto educativo, germen de inicio de muchos de los trastornos actuales.

Acostumbrémonos a no delegar tanto en agentes externos porque  como padres somos los que mejor conocemos a nuestros hijos.

Acompañamiento psicológico sí. El justo y el necesario.

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